Del Sudeste a Hollywood: el día que se robaron a Rantés

Un recorrido por la génesis de Hombre mirando al sudeste, la huella indeleble de Eliseo Subiela en el cine contemporáneo y la impune simetría de un plagio multimillonario llamado K-Pax. Hace 25 años, el 22 de octubre de 2001, K-Pax se estrenó en los Estados Unidos. La efeméride es excusa para relatar otra historia de película.

La chispa: Bioy, Dick y la mirada hacia el infinito
El origen de este ovillo tiene su punta inicial en la juventud de Eliseo Subiela. Al leer La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, la mente del futuro cineasta no solo absorbió la atmósfera de la isla, sino que empezó a desarmar la novela en decenas de relatos alternativos. En particular, le fascinaba Faustine: esa mujer erguida en el extremo de un acantilado, contemplando el atardecer impasible, ajena al mundo que la rodeaba.
Años después, ya con las primeras armas cinematográficas en la mano, la lectura de La transmigración de Timothy Archer, de Philip K. Dick, hizo que esa imagen latente reapareciera. En pocos meses, la Faustine de Bioy mutó en Rantés, el protagonista de una de las obras más conmovedoras de la cinematografía argentina.
Estrenada el 2 de abril de 1987, Hombre mirando al sudeste fue un impacto inmediato. La premisa era tan simple como contundente: en un neuropsiquiátrico aparece un paciente indocumentado que se hace llamar Rantés (interpretado majestuosamente por Hugo Soto) y afirma venir de otro planeta a investigar la estupidez humana. Su médico, el Dr. Julio Denis (Lorenzo Quinteros), intenta tratarlo con la frialdad del diagnóstico tradicional, pero la persistencia de Rantés —que pasa horas inmóvil mirando al sudeste para transmitir información a su planeta— termina por resquebrajar las certezas del psiquiatra. ¿Se trata de un joven atravesado por la psicosis o realmente estamos ante un visitante de otros mundos?
El éxito de crítica y público convirtió a la película en un hito internacional, estudiado hasta hoy en ámbitos de la salud mental y en escuelas de cine de todo el mundo.
Citas, homenajes y apropiaciones
En la industria del cine, la frontera entre la influencia y el saqueo suele ser difusa, pero en este caso la huella era demasiado clara para disimularla.
En 1993, durante el rodaje de Mr. Jones, Richard Gere —quien interpretaba a un paciente psiquiátrico— replicó de manera casi idéntica la escena más icónica de Hombre mirando al sudeste: aquella en la que Rantés irrumpe en un concierto y, ante el estupor general, toma la batuta para dirigir un pasaje de la Novena Sinfonía de Beethoven. Al menos Gere tuvo la delicadeza de reconocer públicamente que se trataba de un homenaje explícito a la obra de Subiela.
El verdadero problema llegó por la vía editorial. En 1995, el escritor estadounidense Gene Brewer publicó K-Pax, una novela sobre un misterioso paciente psiquiátrico llamado Prot que aseguraba venir de un planeta lejano. Una réplica argumental que no encendió alarmas inmediatas porque circulaba en el mercado anglosajón. Sin embargo, en 2001, Universal Pictures decidió llevar la historia a la gran pantalla.
El espejo de Hollywood
Bajo la dirección de Iain Softley y el guion de Charles Leavitt junto al propio Brewer, la versión fílmica de K-Pax limó las pocas diferencias que aún distanciaban al libro de la obra argentina.
El cuadro de coincidencias era calcado:
- Un neuropsiquiátrico como escenario principal.
- Un paciente recién llegado de inteligencia deslumbrante que dice provenir del espacio.
- Un psiquiatra escéptico que busca indagar en un trauma infantil.
- Una comunidad de internos que adopta al recién llegado como un ser mesiánico.
- Un desenlace estructurado bajo las mismas premisas narrativas.
Interpretada por Kevin Spacey y Jeff Bridges, K-Pax es, en términos técnicos, una producción impecable. Pero su brillantez formal no lograba tapar lo evidente: era un calco de la obra de Subiela.
La batalla en Los Ángeles
Una semana antes del estreno oficial, durante las pases de prensa en Nueva York en octubre de 2001, la crítica especializada notó de inmediato las descaradas similitudes con el clásico argentino. Subiela no dudó: viajó a los Estados Unidos e inició acciones legales por plagio en los tribunales de Los Ángeles.
Gigantes de la industria como Universal Pictures, Intermedia Films, Pathé y Buena Vista International recibieron la notificación de que irían a juicio. Ante el riesgo inminente de una medida cautelar que prohibiera el estreno global de la película, las productoras tuvieron que sentarse a negociar.
El acuerdo extrajudicial se resolvió bajo las condiciones impuestas por el director argentino: una compensación económica acorde al perjuicio y el reconocimiento de la autoría original tras las bambalinas de la industria.
La razón de la empatía
Más allá de las batallas legales y las marquesinas de Hollywood, lo que permanece inalterable es la potencia poética de la voz de Rantés. Una ética de la sensibilidad que el cine comercial de gran presupuesto jamás pudo clonar:
«Yo soy más racional que ustedes: respondo a los estímulos. Si alguien sufre, lo consuelo; si alguien me pide ayuda, se la doy. ¿Por qué entonces usted cree que estoy loco?
Si alguien me mira, lo miro; si alguien me habla, lo escucho.
Ustedes se han ido volviendo locos de a poco por no ser capaces de reconocer esos estímulos, simplemente por haber ido ignorándolos.Alguien se muere y ustedes lo dejan morir; alguien pide ayuda y ustedes miran para otro lado; alguien tiene hambre y ustedes dilapidan lo que tienen; alguien se muere de tristeza y ustedes lo encierran para no verlo.
Yo no quiero que me cure. Quiero que me entienda.»