
Clotilde milita desde 1983. Fue mi profesora en la universidad pública y, sin saberlo, también una de las personas que me abrió la puerta a otra forma de mirar el mundo. Por eso empiezo este proyecto personal con ella; retratar y escuchar a las jubiladas y jubilados autoconvocados de la Provincia de San Luis que cada miércoles salen a la calle. Intentar conocerles un poco más, correrlos del anonimato de “los jubilados que marchan” y recordar algo simple: no son sólo cuerpos que pasan por la calle ni cifras dentro de una discusión política. Son personas con memoria, biografía y pensamiento.
Clotilde dice que lo que la trae hoy a la marcha es la misma convicción que la empujó a militar en los años de la recuperación democrática; la defensa de un mundo más justo, un mundo donde quepan todos los mundos y donde la dignidad no sea un privilegio.
Habla de este tiempo como de un momento duro, incluso inhóspito. Dice que no se trata sólo de los jubilados, sino también los trabajadores y trabajadoras, los desocupados y los sectores más vulnerables que están atravesando una etapa marcada por la crueldad y por el retroceso de derechos que costaron décadas de lucha.
Pero lo que más le preocupa no es sólo el presente. Es el futuro. El mundo del trabajo que heredarán las nuevas generaciones y la posibilidad de que muchos jóvenes crezcan sin las garantías que antes parecían básicas: sin acceso a derechos laborales, sin una jubilación digna, sin medicamentos, sin la certeza de que el esfuerzo de toda una vida tendrá algún resguardo.
También le preocupa algo más profundo, que es el deterioro de las condiciones materiales de vida. Habla del aumento de la pobreza, de la pérdida del poder adquisitivo y de una realidad donde cada vez más familias comen peor, donde muchos niños y niñas crecen sin los nutrientes necesarios para desarrollarse plenamente. Piensa en las consecuencias de eso dentro de algunos años, cuando esas generaciones lleguen a la juventud y a la adultez.
Habla con tristeza. Dice sentir una pena profunda al ver cómo se va desgastando el lazo social, cómo se debilita la idea de lo común, cómo crece la violencia en las formas de relacionarnos y cómo cada vez parece más difícil imaginar un destino compartido.
Dice que todo eso le duele. Que ese dolor ya no es sólo una preocupación intelectual o política, lo siente instalado en el cuerpo.
Y sin embargo, incluso con esa pena tan honda, todavía sostiene algo:
A pesar de todo ese dolor, sigue esperanzada en que podemos transformar la realidad.











