Una ciudad que se lee en voz alta

Escribe: Pablo Muract –
Sobre la Feria Literaria “Lee 2026”, en Villa Mercedes, jueves 15 y viernes 16 de octubre
Hay una paradoja que toda feria del libro gratuita lleva escondida: se organiza para que la gente lea en un país donde cada vez es más caro leer, escribir, editar o simplemente tener tiempo. Se llama feria a un lugar de mercado, y sin embargo lo más valioso que ocurre en ella no se compra. Una charla no se lleva en la bolsa, un taller no se cobra en la puerta, y un micrófono abierto no tiene precio de lista.
Escribo esto la víspera. Mañana, a las 9:20, la calle Pedernera, entre Rivadavia y Urquiza, cambiará de oficio. Dejará de ser lugar de paso y pasará a ser lugar de encuentro. La Feria Literaria Villa Mercedes “Lee 2026” abre dos días con entrada libre y gratuita, y me parece que vale la pena pensarla antes de recorrerla. Una feria dice mucho de la ciudad que la hace, pero dice más todavía de lo que esa ciudad decide mostrar, y de lo que deja afuera.
Lo que el programa dice cuando se lo lee en serio
Un programa es un texto, y se lo puede leer como cualquier otro. Este, de entrada, desconfía de la jerarquía. Junta a una escritora de proyección nacional como Ana María Shua, que dialoga con escuelas y dicta una masterclass sobre microrrelatos, con una tallerista de bordado, un taller para operar drones, un teatro de títeres para adultos y partidas de ajedrez que corren de la mañana a la noche. A nadie parece incomodarle la vecindad. Es una forma de decir que la cultura es todo eso junto, y no el lujo de unos pocos al que se invita al resto como público.
Pero lo que más me interesa es la proporción de lo propio. Hay un hilo de mirada local que atraviesa los dos días. Se habla de las docentes sanluiseñas, de los letristas villamercedinos, de las escritoras de ayer y de hoy, de la historia del Colegio Benito Juárez, de los homenajes a maestras y maestros rurales. Gabriela Calvo propone pensar la democratización cultural en Villa Mercedes como una historia de gestión compartida, y Florencia Meineri ensaya la ciudad rumbo a sus 170 años desde las nuevas economías. Una comunidad que se interroga a sí misma en voz alta ya está haciendo política, aunque el cartel no lo diga.
Digresión sobre un nombre
Detengámonos un momento en el nombre, porque los nombres nunca son inocentes. Esto no se llama Feria del Libro. Se llama Feria Literaria. Parece un matiz de catálogo, pero es un gesto. Esta práctica de ocupar la calle con libros, autores y talleres nació bajo otra gestión y con otro rótulo, y la hizo costumbre. Cambiar la palabra es una forma de decir “esto es otra cosa”, de marcar una frontera, de ensayar un comienzo. El libro es el objeto, y la literatura es la idea, y es tentador leer en ese desplazamiento una voluntad de refundación: no heredamos, inventamos.
Aquí aparece la paradoja, que es de las que más disfruto señalar. Esa voluntad de diferenciarse convive con un gobierno cuyo elenco, en buena medida, salió de aquella misma gestión de la que se pretende tomar distancia. Se cambia el nombre de la feria, pero no el de quienes la organizan. Es una refundación con los fundadores adentro, una ruptura que se resuelve en el vocabulario y se detiene en la puerta del despacho. Hay algo de comedia política en esto, y también algo de verdad histórica. Los nombres cambian rápido, las personas lentamente, y las prácticas más lento todavía. Quizá el episodio diga menos sobre una ruptura que sobre una continuidad que se avergüenza de sí misma.
Que nadie se confunda: el hecho de que la feria exista y sea gratuita es lo que importa, y es un mérito, venga de donde venga. Pero un nombre nuevo no borra una genealogía, y una ciudad que se dispone a reflexionar sobre su memoria durante dos días hará bien en aplicar el mismo criterio a sus propias etiquetas.
La memoria como territorio en disputa
Las II Jornadas Rankel, el viernes desde las 15 en el Teatro El Viejo Mercado, son para mí el centro de gravedad del programa. Se habla de María Sarmiento, “una protagonista olvidada”, de la matanza del pozo del cuadril, de la mirada del pueblo rankulche frente a la del invasor, de la toponimia indígena que el castellano fue tapando sobre el mapa del sur. Hay una verdad incómoda en todo esto. Un pueblo se cuenta a sí mismo eligiendo qué recordar, y eso implica también elegir qué olvidar. Poner estos temas en una feria pública es disputar esa elección. Es decir que la ciudad que hoy lee también tuvo que dejar de leerse a sí misma durante mucho tiempo, y que alguien decidió volver a abrir el libro.
Lo que no se ve en la grilla
Sería ingenuo, y poco honesto, hablar de una feria gratuita sin mirar quién la sostiene. Es un evento de la Municipalidad de Villa Mercedes, con el aval del Gobierno provincial y de la Subsecretaría de Cultura. Que sea libre y gratuito corresponde celebrarlo, y no hay contradicción en celebrarlo y a la vez preguntarse qué pasa los otros 363 días del año. Dos días de feria no hacen una política cultural. Una política cultural se mide en la sala que no se cierra, en la biblioteca que abre sus horarios, en el docente que cobra un salario con el que puede comprar libros, en la editorial pequeña que puede imprimir sin endeudarse. Una feria es un escaparate, y lo que importa es qué hay detrás del vidrio.
Y una pregunta, retórica, a modo de segunda digresión. ¿Cómo conciliarán autoridades y funcionarios, provinciales y municipales, en la intimidad de sus pensamientos y de sus conciencias, la gestión de esta feria popular, celebración de la participación ciudadana, con su adhesión y militancia a un gobierno nacional que aborrece lo popular y lo comunitario y que daña tanto la economía como el tejido social?
Dicho esto, hay que reconocer lo que el programa ofrece. Habla de infancias con títeres, plastilina y cuentos. Habla de accesibilidad con una charla sobre tiflotecnologías y un taller en Lengua de Señas Argentina. Habla de ciudadanía con un debate sobre la película Belén y la perspectiva de género, y con una charla sobre derechos humanos en clave generacional. Y deja una puerta abierta para el que no tiene credenciales: el After Poesía, con micrófono abierto, al caer la tarde.
Una invitación
Permítaseme un asterisco personal. Entre tantas actividades hay dos que no puedo mirar como cronista, porque me tocan como amigo. El jueves 15, a las 17, en la Sala Central, César Albarracín, Raúl Delay, Daniel Arce y Claudio Gomluch conversarán sobre Detrás de Fabio Picasso: vida y obra de Alfredo Salinas. Y el viernes 16, a las 18, en el Teatro El Viejo Mercado, José Giraudo presentará Historias de suspenso, obra póstuma de Eduardo Marcelo Gargiulo. Alfredo y Eduardo me honraron con su amistad, y ese es un privilegio que no se explica, se agradece. Que una feria ponga sus nombres en la grilla es un gesto de justicia, porque una ciudad también se lee en las vidas y las obras de quienes la habitaron con generosidad. Quien pueda, que se acerque. Yo estaré ahí, escuchando.
Cierro con lo que me parece lo esencial. Una feria no se mide por la cantidad de público ni por la lista de invitados. Se mide por lo que queda después, por el libro que alguien se llevó, por la pregunta que alguien se hizo en un taller, por el escritor local que se animó a leer en voz alta, por el chico que escuchó por primera vez que una historia se puede escribir.
Villa Mercedes tiene dos días para leerse a sí misma. El viernes a las 20:30, la Big Band de Río Cuarto cerrará la feria en El Viejo Mercado. Que para entonces haya más lectores, y más preguntas, que al empezar.
Programación completa a continuación. Entrada libre y gratuita.









