Cuando la noche cayó sobre la democracia: memoria de un intendente depuesto
Escribe: Eduardo Gastón Mones Ruiz - Intendente de Villa Mercedes, electo democráticamente. Destituido en marzo de 1976.

He hablado muchas veces en mi larga vida. Siempre aplicando las reglas y estructura de la oratoria. En esta ocasión me apartaré de ellas, pidiendo humildes disculpas y comprensión. Empezaré definiendo mi posición:
1°) Soy una persona mayor. Tengo 80 años. No me molesta que me digan viejo, por el contrario me simpatiza (yo le decía viejo a mi padre, al que amé Y respeté profundamente; y los jóvenes de la época de decíamos viejo al General Perón, nuestro invariable conductor). Aunque les parezca mentira también fui joven Y llevo conmigo el niño de la infancia, cuidándolo con esmero porque me incorpora e impulsa la imaginación de entonces para poder seguir soñando ahora. Pero, no creo ser «un viejo meado» como algunos gustan decirnos para convertirnos en objetos de descarte; aunque pudiera serlo -¿por qué no?- sin que ello modificara la dignidad del ser humano.
2º) Soy peronista y me siento orgulloso de serlo. Hace 60 años que milito en el
MOVIMIENTO NACIONAL JUSTICIALISTA (MNJ) y no creo ser chorro ni delincuente. Hay millones de peronistas honestos y decentes que trabajan por su Pueblo y defienden a su Patria. Seamos sinceros: Hay corrupción en todos lados y en todo el mundo; el problema es la impunidad y, también, la tolerancia, indiferencia, aceptación o complacencia de la sociedad, de la que se derivan.
3°) Soy político, porque creo que la política es la actividad más noble del ser humano. Y no pertenezco ni he pertenecido nunca a ninguna casta ni sociedades secretas.
He luchado contra el nepotismo, las dinastías y el mesianismo. Y lo seguiré haciendo. A lo largo de los 60 años de militancia he tenido solo dos cargos, ambos electorales: Intendente y legislador. Nunca acepté funciones o nombramientos por designación.
Ya ubicado y definido, habiendo logrado la serenidad de espíritu imprescindible y entendiendo que es necesario trasmitirles (ya quedamos muy pocos con vida), intentaré recordar, en una suerte de imágenes anecdotarias en una sincronía secuencial, cómo vivimos ese perverso golpe de estado:
1.-) Ya a fines de 1975 (en los meses de octubre y noviembre) comenzaron a percibirse ciertos hechos y acciones que advertían que algo siniestro estaba por sobrevenir. El tejido social estaba aún más tenso del que habíamos experimentado en años anteriores; había incertidumbre y un malestar creciente. Comenzaron a llevarse a cabo simulacros de tomas de edificios e instituciones por parte de las fuerzas armadas. Se decía, para explicarlos, que eran ejercicios para prevenir y estar preparados para posibles tomas por parte de extremistas.
Todos mis secretarios estaban al tanto de esa situación. Pero, en particular uno, José Antonio AROCENA, entraba a mi despacho gesticulando y a viva voz, trayendo la noticia de la última maniobra. Se reiteraban y habían causado alguna conmoción. Hasta que fue ineludible hacer una reunión de gabinete municipal, en la que les expresé: «A partir de hoy no quiero recibir más informes de esto. Lo que debemos hacer es redoblar el esfuerzo continuando todas las obras y tareas en ejecución, avanzando lo más rápido posible. Nosotros tenemos que gobernar. Cumplir nuestra misión hasta el último día, que nada se interponga o detenga nuestros planes».
2.-) El 18 de marzo de 1976 viajamos a Buenos Aires con cuatro dirigentes (Víctor Manuel Novillo, Ángel Rafael Ruiz, José Cid y el gallego Romero) para reunirnos con la Presidenta de la Nación, María Estela Martínez de Perón y el ministro del interior Roberto Ares. Teníamos una audiencia que se realizó en el despacho presidencial y duró una hora y media, durante la cual pudimos mantener un diálogo en que se trataron y analizaron varios temas de actualidad, sin subterfugios ni ficciones, de plena realidad y con mucha sinceridad, pudiendo obtener definiciones de importancia. Cuando salíamos de la Casa de Gobierno nos cruzamos con una delegación sindical encabezada por Lorenzo Miguel, al que uno de los dirigentes le gritó: «Eh, Lorenzo, ¿qué estás haciendo?» A lo que el dirigente gremial respondió: «Cambiando figuritas. Esto se termina». Al regresar a Villa Mercedes, en forma inmediata, ordené que se distribuyeran en las calles del «Barrio Pringles» las columnas de iluminación adquiridas, que se encontraban almacenadas en la Municipalidad. No nos alcanzó el tiempo para colocarlas.
3.-) Así llegamos al 24 de marzo. Entre las 03 y 04 horas de la madrugada, en mi casa sonaron insistentemente el timbre y algunos golpes en la puerta de acceso. Estaba acostado pero no dormía, lo que se había transformado en una costumbre. Me levanté sin dilaciones, abrí la puerta y atendí. Me encontré con una comisión militar, integrada por un oficial, un suboficial y dos soldaditos, todos de la V Brigada Área. Cuando salí al umbral los dos soldados, armados con fusiles Máuser, los montaron -escuchándose el ruido característico de la introducción del proyectil en la recámara- lo que me llevó a decir, levantando las manos: estoy desarmado, tengan cuidado, efectuando un ademán para bajar las armas que me apuntaban. El oficial, haciéndome la venia, me comunicó que traía una nota del brigadier Barbuy en la que me comunicaba que cesaba en la función de Intendente Municipal; y que pasaba a detención domiciliaria durante el plazo de diez días. Leí la nota y, como Uds. comprenderán, no tuve más remedio que asentir.
Lo tantas veces esperado se hizo realidad. Mi primer pensamiento, luego revalidado en sucesivas conversaciones, fue que un golpe de estado más había acaecido en Argentina, que no sería distinto al resto que sufrimos. Otro gobierno constitucional y democrático había sido depuesto. En ese momento no cabía en la imaginación representarse lo que, con el correr de los días, meses y años ocurriría. Era impensable. Inimaginable. Inadmisible.
Pero, a partir del asesinato del abogado Raimundo Dante Bodo -Chiche Bodo para familiares y amigos- abruptamente nos dimos cuenta que algo distinto, mil veces peor a lo que habíamos vivido en el pasado, estaba sucediendo. Comenzaban los años de terror.
Una puerta de automóvil que se cerraba fuerte en el silencio de la noche, una detención, una desaparición provocada, anunciaban que algo peor podía sobrevenir. En todos los casos oscuro, sucio, inaceptable.
Pero, a pesar de todo, la vida seguía. No sin perder amigos, conciudadanos, personas valiosas que, en la mayoría de los casos, nada tenían que ver con los grupos y ·organizaciones armadas de aquél entonces. Miedo. Incertidumbre. Tristeza. Impotencia. Sufrimiento. Terror. Se instaló lo que nunca debió existir: el terrorismo de estado.
Entonces, las palabras MEMORIA. VERDAD. JUSTICIA no están dichas al azar. Definen, exactamente, lo que nunca debió acontecer: la muerte. Que debe superarse acabadamente y de una sola manera: Defender la vida.
Hoy, a 50 años de destruir las instituciones constitucionales, de matar a boleo con supuestas informaciones falsas, de crueldad y tortura, de la apropiación de niños, de pretender destruir las organizaciones de trabajadores y las libres del pueblo, instalando el miedo, el terror y la muerte, los argentinos -muchos siendo niños o muy jóvenes en aquella época; otros que no habían nacido- en más de un 70% (según las encuestas que se conocen) seguimos diciendo lo mismo que dijo el fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas, que debiera resonar en cada casa, en cada familia, en cada calle, en cada plaza, en cada pueblode nuestra gran y amada ARGENTINA, no permitiendo el olvido.
Es un ruego pero también una bandera de lucha:
iNUNCA MAS! iNUNCA MÁS! iNUNCA MÁS!



