La solidaridad como fuerza política

¿Qué sucede cuando la Solidaridad se transforma en fuerza Política? No hablamos de los que en nombre de la Solidaridad la usan para Politiquería. Eso es manipulación y clientelismo. La Solidaridad se transforma en Política cuando hay un reconocimiento, una sólida creencia en la dignidad de las personas y en la corresponsabilidad de la Comunidad para respetarla y promoverla socialmente.
“Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de Dios y mover montañas. Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo y dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás”.
San Pablo (1 Corintios,13)
Frente al individualismo salvaje en las relaciones laborales, al interior de las relaciones institucionales, académicas, sindicales y políticas, en los medios de comunicación y redes, las personas están indefensas, conscientes o inconscientemente, de la pérdida de su condición gregaria y de su capacidad de organización comunitaria. Se busca que las personas desaparezcan como Sujetos Sociales, quedando individualmente expuestas y desamparadas frente a los abusos del Poder.El reconocimiento del Otro como miembro de la Comunidad, nos interpela de la corresponsabilidad que nos toca. Sólo en Comunidad es posible la Solidaridad y su fuerza; no por empatía personal. Todos sabemos que, si se resquebrajan los lazos de la solidaridad, se rompe la confianza en el Otro, diluyéndose la cohesión social, y, por ende, la eficacia de la Ley, que nos debe regular a todos con ecuanimidad.
Se ha impuesto ideológicamente que el hombre “naturalmente” es egoísta, donde predomina el deseo desordenado y el interés individual. Que la sociedad “naturalmente” es conflictiva, y que por ello requerimos de la Ley para regular los actos humanos. Es precisamente en referencia a la Ley que surge la libertad. Donde no hay ley, no hay libertad. Es real que muchos actúan con egoísmo, donde los demás son objetos de deseo; pero también destinatarios de envidia, celos, odio y violencia. La maldad no viene del contexto social, sino del corazón humano que afecta y contamina a lo social.
La Solidaridad es gratuidad, donación de sí desinteresada, un compartir con y desde el Otro, un reconocimiento de los demás como miembros de la misma Comunidad y de un destino común de bienestar y felicidad. En la Solidaridad, el Otro no me es indiferente, aunque sigue habiendo hombres y sociedades que justifican su mezquindad a comprometerse por intereses, prejuicios y orgullo. Es precisamente allí donde comienza el desconocimiento propio y ajeno. El germen de la opresión a otros hombres y Pueblos. Y cuando es social, sacan lo peor de su corazón, para normalizar la maldad como si fuese naturalmente colectiva y verdadero Poder. Nada más lejos de eso, aunque la maldad con su aparente fuerza también seduce, contagia y destruye a los que la sufren y a los que la ejercen.
Hay que volver a la Solidaridad. Muchos se han endurecido por la dureza del existir y el egoísmo de los demás. Pierden el sentido de la vida. Hay que resignificar la solidaridad; instalar su verdadera semántica, sentimiento y emoción, deformados por el odio y el economicismo, pero también redescubrir, la fuerza comunitaria y política que implica la Solidaridad. No es simplemente un valor y como tal algo que se ve y comprende en la acción. También es realización y objetivo social.
La mentira, y la tecnología que la posibilita, son el instrumento más sutil para paralizar cualquier acción y buena intención. Sobre todo, si es solidaria. Una demostración clara, es la defenestración que hoy se hace de la Justicia Social, de las Políticas Públicas de asistencia y ayuda, de la Seguridad Social y Previsional, y últimamente de los derechos laborales. Se presenta al individualismo y al economicismo como verdades indiscutibles, incuestionables, como panacea de inmediatez para canalizar resentimientos, fracasos y frustraciones, creando chivos expiatorios. Siempre habrá alguien a quién acusar, y esa será la respuesta que satisfará a la emoción liberada, pero no cambiará la situación causante del dolor y la injusticia.
Es de justicia identificar responsabilidades. Pero no son las personas en sí, sino aquello en lo que se convierten las personas; de lo contrario no habría esperanza de recuperarlas. Muchos dirigentes de Empresas, sindicatos, de partidos políticos, de la comunicación y Poderes del Estado están corrompidos; se han vuelto buitres Institucionales que no les interesa el bien común sino su propio interés, transformándose en enemigos de la gente. Es un delito que traicionen los mandatos populares, aunque aún no haya sido legislado.
La población necesita de justicia para su bienestar. Por eso hay que resignificar el trabajo, el Derecho y las Políticas Públicas que históricamente le han hecho bien a la gente; es un deber ineludible. Se necesita una resignificación mental, activando la acción a través de la Palabra, creando situaciones para que el sentimiento y la emoción -sofocadas por la mentira y el deseo desordenado- afloren desde lo más profundo de la humanidad de las personas. Es el único modo de rescatar el papel protagónico de la familia, de la Comunidad, del sindicalismo, de la política, de la ley, y de un gobierno justo. Pero en el encuentro, la reunión y el debate.
Estamos ante la posibilidad de recrear el sistema democrático; una Democracia Directa, Participativa, Popular y Combativa, promoviendo asambleas públicas, abiertas y contextuales, deliberativas y decisorias. Pero enmarcadas políticamente, en el sentido de rescatar la comprensión del legítimo derecho que tiene la población de empoderarse libremente y darse la organización más conveniente, sin caer en movimientismos coyunturales disolventes, para garantizar legalmente y en comunidad una vida digna, concretando y exigiendo la Política como verdadera acción comunitaria de servicio, público y desinteresado.
“La Solidaridad como fuerza política no es odio ni violencia, sino de la plena conciencia de que junto al Otro puedo alcanzar la justicia y libertad”



