¿Podemos convivir sin ley? ¿Podemos vivir con deseos solamente?
¿Una sociedad sin Ley? En absoluto. Si pudiésemos vivir, convivir y relacionarnos sin ley, seríamos perfectos. Sin embargo, tanto la Ley como el Deseo devienen de nosotros, y ambos pueden ser buenos o malos. No atribuyamos exclusivamente a los Deseos la responsabilidad de los desórdenes en nuestros actos. También es responsable la Ley.
“La pasión de la Justicia y el trato igualitario derivan de la reacción a los celos, a la rivalidad y a la envidia primitivos”
Sigmund Freud
Cuando hablamos de deseos desordenados, también lo hacemos respecto de la Ley. Los deseos son naturales, la Ley no lo es. Pero sí lo es la Razón, construida por nuestras estructuras mentales al igual que la Inteligencia. Y la Ley a su vez, es una construcción de la Razón, de la Lógica de una Cultura, y de la concepción social de la dignidad de las personas, de la Justicia, de la Moral, de la Ética, de la experiencia comunitaria, y de la voluntad política por parte de los legisladores de hacer lo correcto o no; esto es, de los representantes del Pueblo.
Sin embargo, los actos conducentes del Deseo y de la Ley, son perfectibles. Las personas no son puro deseo. Tampoco pura razón. Que prime uno u otro sin el equilibrio y la armonía necesarios entre ambos, propios de nuestra constitución como seres humanos, es un desorden. Entre el Deseo y la Razón, se encuentra la capacidad de elegir entre mantener o romper ese equilibrio.
En este sentido, los sentimientos también juegan un importante papel, porque suelen manifestarse como emoción. Las emociones son la expresión del sentimiento con el cuerpo. Y no todas las emociones son buenas, porque pueden dañar al cuerpo propio o al de los demás. Si la emoción se desborda, se expresa en lágrimas, llanto, grito, crispación o ira. Y ningún desborde es bueno. En el sentimiento de donde nacen, se conjugan recuerdos, imaginaciones, suposiciones, perspicacias, celos, afectos, historias de neurosis, resentimientos, frustraciones, etc.
Un sentimiento de odio puede expresarse en un descontrol de emoción violenta. Un sentimiento de afecto lo hace con otro tipo de emociones. Pero cuando comienza la emoción, en su carrera vertiginosa como un torrente, siempre hay una luz de alerta de la razón; un alerta de supervivencia y cordura. Un llamado de la razón para detener a la emoción. No existen los actos de emoción violenta. Como tampoco la obediencia debida. Siempre la razón da el alerta. O la conciencia. Pero los sentimientos no se expresan sólo con el cuerpo; también lo hacen en lo simbólico, con el gesto y la palabra, en las acciones de justicia o injusticia.
“Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”
Séneca
Con relación al Deseo y a la Ley, si la Ley está atravesada por el Deseo en tanto pasión, no será necesariamente justa. Si la Ley beneficia a la codicia, por ejemplo, no será Justa. Si la ley atenta contra la vida y dignidad de las personas, no será justa. Allí donde hay egoísmo y las intenciones de dañar a Otro, allí existe una injusticia, un deseo de maldad. Un Deseo desordenado con relación a la dignidad de la persona, autolegitimado por el uso malintencionado de la Razón, una razón obnubilada, deformada por la avaricia, creencia, o ideología… que tampoco es bueno. Todo hombre sabe en su conciencia lo que es bueno y malo, y no necesariamente en relación a la Ley. Porque los hombres suelen usar la Ley para su propio beneficio en perjuicio propio y en el de sus semejantes. La Ley suele justificar o promover actos en contra de la dignidad humana.
Sustancialmente, el hombre no se debate entre el Deseo y la Ley, sino entre el Deseo y la Razón. Y si la Razón construye la Ley y esa Ley no respeta ni está al servicio de la dignidad de las personas por una Razón desordenada que se autojustifica, ¿de qué legitimidad hablamos? ¿A qué Razón nos estamos refiriendo? La Ley que no responde al Bien Común, social y personal de los ciudadanos, no permite la Libertad; y civilmente, ni jurídicamente, tampoco la Democracia. Es ilegítima en todo sentido. Por ello no hay verdadera libertad sin Ley, sobre la base de que la Ley tiene que ser justa y ecuánime para todos.
“Si el Deseo desordenado impera, no habrá Ley ni Libertad reales, y el hombre será lobo para el hombre”
(En referencia al `pensamiento de Thomas Hobbes)
Cuando las personas, los ciudadanos y los gobiernos, rompen la Ley haciendo “del Poder el Derecho”, y vuelven relativo el cumplimiento o el hacer de las Leyes, permitiendo que los deseos desordenados -aquellos que solo buscan la satisfacción inmediata de los egoísmos sin importarles el Otro-, que esos deseos imperen sobre la Razón, y sobre lo que es correcto, justo y bueno, se está promoviendo un estado de indefensión total de la población y de los Pueblos. Por eso la Ley no debe estar en manos de Grupos de gran Poder, porque en ellos predomina el deseo de la codicia nunca satisfecha. Nadie estará seguro, tampoco los que detentan el Poder.
La organización social necesita de un orden en la convivencia, a fin de asegurar el bienestar común, esperado por todos. La Ley y la estructura del Estado que ella configura para lograr y garantizar ese objetivo, necesita legitimarse en la Voluntad General, de lo contrario habría desacato general. Cuando los Grupos de Poder imponen sus Leyes en contra de esa Voluntad General, usando la fuerza o argucias legales, necesariamente recurren a la racionalización, para justificar su accionar.
Esta racionalización es un mecanismo psicológico para alienar el inconsciente colectivo de las masas, instrumentado en el relato y discurso mediático gubernamental, donde al inventar explicaciones lógicas o socialmente aceptables para justificar comportamientos, pensamientos, y sentimientos inaceptables o frustrantes, subliman los conflictos y el daño que provocan, haciéndole creer a sus destinatarios que constituyen el mayor bien, creando utópicas esperanzas y realidades. Es una Razón construida, que sustituye a la Razón real.
“Nada es más perverso que hacer que las Leyes sirvan a la injusticia”
Voltaire
Cuando predomina el Deseo desordenado en las personas, en las familias, en las Instituciones, en los Gobiernos, y cada cual cree que puede imponer su propia Ley, en nombre de una supuesta Libertad, comienza la decadencia de la organización social, en perjuicio de la convivencia. Al no existir la Ley -y sobre todo una Ley Justa- hegemoniza el individualismo, que lleva al enfrentamiento de todos contra todos y predomina el más fuerte. Todo aquello que conduce y garantiza una mejor calidad de vida se degrada, y la consecuencia lógica de esa lucha por la supervivencia, es la violencia ante la inoperancia e inutilidad de la Ley.
“Donde la Ley acaba, comienza la tiranía”
Montesquieu



