Las aulas de la memoria: de los lápices rotos al banco vacío de Miguel
De los estudiantes de 1976 al banco vacío de Miguel Bru, hay historias que vuelven a las aulas para recordarnos que la memoria no es nostalgia: es una forma de defender aquello que todavía estamos construyendo.

La realidad, en su versión más imperfecta y cruel, insiste en morderse la cola.
Hay hilos de sangre, tiza y fotocopias que unen épocas que creíamos separadas para siempre por los muros de la democracia. A veces esos hilos parecen invisibles. Hasta que una fecha, una ausencia o un banco vacío vuelven a ponerlos frente a nuestros ojos.
La Noche de los Lápices no terminó en aquella primavera platense de 1976.
La represión contra los estudiantes secundarios fue parte del terrorismo de Estado que buscó disciplinar a una generación que se animaba a reclamar y a participar. En la noche del 16 de septiembre y en los días siguientes, diez estudiantes fueron secuestrados. Muchos de ellos continúan desaparecidos.
Claudia Falcone, María Clara Ciocchini y tantos otros dejaron de ser solamente nombres para convertirse, con el paso del tiempo, en símbolos de una juventud a la que quisieron arrancarle la voz.
Pero hay historias que no terminan con una fecha en los libros de historia.
Hay historias que vuelven. Y algunas vuelven a la misma ciudad, a los mismos pasillos, a las mismas aulas.
El pibe callado de la “Escuelita”
A Miguel lo conocí. No es el nombre de un archivo de derechos humanos ni una pancarta de tela desgastada por los años. Fue mi compañero en la Facultad de Periodismo de La Plata.
En aquellos primeros años noventa, la facultad todavía funcionaba en la vieja “Escuelita” de la calle 44, entre 8 y 9. Era un ambiente revoltoso, efervescente, con ese desorden hermoso y politizado propio de las ciencias sociales.
Entrar a cursar era avanzar entre carteles, volantes y discusiones políticas. El centro de estudiantes, conducido entonces por la agrupación Rodolfo Walsh, era parte de esa cotidianeidad. Se discutía en los pasillos tanto como en las aulas. Se hablaba de política, de periodismo, de país.Y también, como ocurre siempre en una facultad, de la vida.
Gobernaba el menemismo.Eran años en los que el discurso de la modernización convivía con el achicamiento del Estado y con una fuerte exaltación del individualismo. Para muchos, aquello representaba el ingreso definitivo a una nueva época. Para otros, significaba que había derechos y espacios colectivos que empezaban a quedar en el camino.
En medio de ese clima estaba Miguel.Era un pibe de clase media baja, callado, pero con una rebeldía que se le notaba en el andar.No fuimos amigos personales. Estábamos en grupos diferentes. Compartimos algunas cursadas y tuvimos esos diálogos breves que nacen en los pasillos, antes o después de una clase, entre el humo de los cigarrillos y la marea de apuntes.
Lo recuerdo así.No como un héroe de bronce. Como un pibe. Hasta que un día no lo vimos más. Al principio, en la vorágine de la “Escuelita”, el vacío tardó en convertirse en pregunta. Después llegaron los rumores .Versiones que pretendían explicar su ausencia. Otras que buscaban ensuciar su nombre.Durante un tiempo, la incertidumbre ocupó el lugar de la verdad. Pasaron los años. Y la verdad terminó siendo mucho más dolorosa que los rumores.
El 17 agosto de 1993, en plena democracia, Miguel Bru desapareció. La investigación judicial estableció que había sido detenido y torturado en la Comisaría Novena de La Plata. Su cuerpo nunca fue encontrado. Un estudiante de Periodismo desaparecido. Un pibe que había compartido con nosotros aulas y pasillos. Una ausencia que ya no podía explicarse con un simple:No vino a cursar”.
La voz de una madre
Hay historias que pueden contarse con expedientes. Hay otras que necesitan una voz. La historia de Miguel también está en la voz de su madre, Rosa Schonfeld de Bru, quien durante años sostuvo la búsqueda de verdad y justicia por la desaparición de su hijo. Recientemente, la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata publicó en sus redes sociales una entrevista con Rosa.En ella vuelve a hablar de Miguel y de una búsqueda que, pese al paso de los años, no se detiene.
“Lo seguimos buscando”
Escucharla es recordar que detrás de cada expediente hay una familia. Que detrás de cada fotografía hay una vida. Y que detrás de una desaparición queda una pregunta que ninguna democracia debería acostumbrarse a dejar sin respuesta.
▶ Ver la entrevista a Rosa Schonfeld de Bru
Fuente: Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Universidad Nacional de La Plata.
La pedagogía del desprecio
Hay violencias que comienzan mucho antes del golpe. A veces comienzan con una palabra. Los estudiantes perseguidos durante la dictadura fueron convertidos en “subversivos”. La maquinaria represiva necesitaba deshumanizar a quienes perseguía para presentar la violencia como una respuesta necesaria. El caso de Miguel ocurrió en otro tiempo y bajo otro régimen político. No se trata de borrar esas diferencias.
Precisamente porque no son lo mismo, la memoria resulta necesaria.
Pero también resulta imposible ignorar algo: cuando desde el poder se construye al otro como enemigo, cuando la protesta es presentada como una molestia, cuando al estudiante que reclama se lo reduce a un “parásito” o a alguien “lavado de cabeza”, se deteriora el espacio necesario para el diálogo democrático. Las palabras no son inocentes. No toda palabra de desprecio conduce inevitablemente a la violencia.
Pero la historia argentina enseña que la deshumanización puede convertirse en una condición cultural que facilite el abuso, la persecución y el silencio. Por eso importa cómo se habla.Importa qué se dice desde un atril. Importa qué se dice sobre quienes protestan.E importa, especialmente, qué lugar ocupa el Estado frente a quienes reclaman.
Porque cuando la violencia institucional deja de escandalizar, la democracia empieza a perder algo más profundo que una discusión política: pierde sensibilidad frente al abuso. Y ahí es donde la memoria vuelve a golpear la puerta.
Que la tinta no se muerda
Escribir desde la realidad imperfecta es también negarse al olvido. Conmemorar la Noche de los Lápices no debería ser solamente repetir una efeméride cada 16 de septiembre. Es recordar que aquellos estudiantes tenían edades, familias, amigos, proyectos y discusiones. Que no eran una fotografía en blanco y negro.
Eran jóvenes. Como los que hoy llenan las aulas. Como los que hoy marchan. Como los que hoy discuten sobre el país que quieren construir.
Y en esa memoria también aparece Miguel. El pibe callado de la calle 44. El compañero con el que compartí algunas clases. El que un día dejó de ocupar un banco. Quizás por eso, tantos años después, cuando vuelvo a pensar en la Noche de los Lápices, no puedo evitar pensar también en él.
Porque la memoria no funciona como una biblioteca ordenada. Une épocas, rostros y ausencias. Mezcla una vieja aula de la calle 44 con una fotografía de 1976. Hace que un lápiz roto dialogue con un banco vacío. La democracia no es un objeto que se guarda en una vitrina. Se construye, se discute y se defiende todos los días:
En las calles.
En las universidades
En las escuelas.
Y también en las palabras.
Por eso escribo.
Porque Miguel no puede volver a sentarse en aquel banco.
Porque Claudia, María Clara y tantos otros tampoco volvieron a sus aulas.
Porque hay ausencias que no deberían convertirse nunca en costumbre.
Y porque mientras alguien recuerde, la historia todavía puede seguir siendo escrita.
Los lápices siguen escribiendo, aunque intenten romperles la punta.
Y quizás ese sea el verdadero sentido de la memoria:
que ninguna ausencia consiga borrar para siempre la voz de quien alguna vez se animó a levantarla.



