Los juegos del bien y del mal y la inocencia perdida

No importa lo que difundan los Medios de Comunicación, las Redes Sociales, el discurso de los gobernantes. Tampoco los opinólogos o analistas enredados en debates mediáticos estériles, sin empoderar a la gente y construir esperanza. Mucho menos los que en el Congreso discuten, buscan o compran adeptos para tratar, aprobar o desaprobar leyes que tanto gobernantes o ciudadanos no están dispuestos a respetar o a creer eficaces. La Democracia no es Partidocracia. Y las Redes Sociales no son el Congreso. Tampoco importan los paliativos frente a las necesidades de los que menos tienen o las adhesiones verbales a la protesta sin jugarse por la Justicia y su cumplimiento. Nada de eso importa cuando no hay sentido ni esperanza. Sin Justicia Social, no hay gobernabilidad.
Lo que verdaderamente importa, mientras hipócritamente con gran cinismo muchos de nosotros contemplamos la puesta en escena del insulto y la emoción sin hacer nada, es que, en la mesa de muchos argentinos, no alcanza el pan, ni el trabajo, ni los gritos ante oídos sordos de insensibilidad. Y, aunque nos interpelen, no intervenimos; ni siquiera con una palabra o gesto, callados, otorgando, aceptando sin cuestionar la mentira y la supuesta ira desbordada de los que dicen que hacen el Bien culpándonos y culpando a los demás para justificar actos de un gobierno injusto y perverso. No es lo que la gente votó.
No hay medias tintas; ni soluciones legales ni diálogo posible ni reconciliaciones democráticas; mucho menos contribuciones de “aportes solidarios”, “bonos”, “paliativos” o apuestas electorales para terminar con las estructuras de injusticia y desigualdad hoy inamovibles. La gente descree de cualquier acción para mejorar las cosas. ¿Por qué razón? Porque esta iniquidad está en la cabeza, miedos y prejuicios de muchos conciudadanos, revivida por la idea de que el individualismo y la división de clase, con un autoritarismo que las repite una y otra vez es una necesidad de supervivencia, lo que cual es falso, abriendo en cambio, las puertas a los rincones más obscuros del alma de las personas. Quieren inculcar que lo malo es lo bueno y que lo bueno es lo malo, y se ataca de indignidad la concepción del amor, de la justicia, de la libertad, de la solidaridad, de la moral, si no están al servicio de la Economía.
De ese modo consentimos que la maldad se disfrace de Ley Justa, el irrespeto y el lenguaje soez de sinceridad, las enseñanzas del amor comunitario de Jesús como comunismo, y mientras el prójimo clama por Justicia, los responsables de los gobiernos nacional y provinciales, con su oportunismo y desidia, se creen seguros en su alianza con el fuego.
“Dale nomás, dale que va, que allá en el horno, nos vamos a encontrar”
Enrique Santos Discépolo (Tango Cambalache)
El campo de batalla, no es económico; ni ideológico, ni político como nos quieren hacer creer, (aunque económicamente asfixian al Pueblo, ideológicamente combaten ideas anacrónicas inexistentes, y buscan disolver la Política para anular la democracia a cambio de autoritarismo), es una batalla clara: una lucha entre el Bien y el Mal, en un frívolo juego donde exponen y visibilizan descaradamente las pasiones y deseos más sórdidos, frente a lo bueno y justo.
Perdemos la inocencia mientras matan el cuerpo y se adueñan del alma, dejándonos sin espacio y sin techo, a la intemperie; para que perdamos la fe en el espíritu humano, en la vigencia de la honradez, de la virtud, de los ideales, de la necesaria Verdad de los Medios en lugar de la mentira, el entretenimiento y el consumismo, y en la capacidad política de la población para construir una sociedad más justa. Los “justificadores” intelectuales de que todo Poder es culpable, son disociadores del verdadero Poder que garantiza la convivencia y que no es subjetivo, sino comunitario, a través de la Democracia.
“No se puede vivir sin sueños, pero tampoco vivir durmiendo”
¿Acaso descreemos de la solidaridad para hacer justicia? ¿Descreemos de no ser capaces de una distribución equitativa de la riqueza que produce nuestro trabajo? ¿De la inteligencia popular para organizarnos, deliberar y garantizar Políticas Públicas? ¿Para enjuiciar y penalizar a gobernantes, jueces, sindicalistas, funcionarios, empresarios y políticos por sus delitos de gobierno o en connivencia? ¿No es lo requerido para asegurar la autosustentabilidad social, política y económica?
Necesitamos cambiar definitivamente las estructuras de desigualdad e injusticia para ser auténticamente libres, y que todos tengamos la calidad de vida que nos merecemos sin quedar absolutamente nadie sin oportunidades de vivir dignamente. El dinero y el Poder pervierten a las personas, pero más la indiferencia. No vemos al Otro como hermano. Servimos a ídolos falsos que se creen dioses.
“Nadie puede servir a Dios y al dinero, ya que amará a uno y aborrecerá al otro”
Mateo 6,24.
Esta sentencia es muy clara y no admite zonas grises. ¿Desde cuándo creemos el absurdo de que la codicia de los ricos beneficiará al conjunto del Pueblo? Nunca ha sucedido. Es un pensamiento de inferioridad y sumisión, que paraliza cualquier acción. Porque a la riqueza la producen sólo los trabajadores, les pertenece, y no hay producción de bienes y servicios sin ellos. Sin trabajo y sin trabajadores, tampoco habrá plata para el consumo y los impuestos. No hay dinero sin crecimiento económico. Y la riqueza acumulada sin trabajar, la de la especulación financiera, es un grave delito, que deprecia el valor del dinero y las divisas.
Nos autoengañarnos si sostenemos que este Gobierno está al servicio del bienestar general. ¿Desde cuándo rompiendo la Ley, la Constitución, el Estado, sometiéndonos al Libre Mercado donde los ricos injustamente deciden precios, el valor del dinero y de las cosas en función de su riqueza? ¿Si deciden si comemos, si vivimos, si morimos, si tenemos abrigo y vivienda, y donde lo único que importa es pagar todo, comprar todo, salud y la educación, cobrándonos impuesto al salario como si fuese ganancia? ¿Para dejar que nuestros esfuerzos vayan a sus bolsillos? ¿No es más importante la vida de la Comunidad y la de nuestros seres queridos? Sin Estado y sin Ley, no hay prueba de vida. Tampoco si no nos defendemos.
Nada es más indigno y cobarde que no luchar por una existencia mejor; ni defender ni proteger al más débil en inferioridad de condiciones y oportunidades; permitiendo caprichos, desplantes y burlas de los que nos gobiernan. A ellos no les detienen la Ley, ni la Constitución, ni el Estado, ni los Tres Poderes; se llevan todo por delante con su soberbia. La “batalla cultural” de la que hablan, no es, sólo poner a lo económico como centro de la vida; van por la cultura y creencias básicas de las personas, y si lo consideran -como históricamente ha sucedido- hasta la vida, para que nada impida su codicia.
“La luz llegó a mi corazón, con mis cicatrices al descubierto.
Lucharé contra viento y marea, porque el eco del coraje, suena resuena alto y claro:
es la audacia lo que define la existencia”Zhou Shen



