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Motín de Arequito, la desobediencia que abrió el camino a la autonomía de San Luis

Todos los 8 de enero deberían ser feriado nacional

No por una efeméride cómoda ni por un consenso edulcorado, sino por una fecha incómoda para la historia oficial: el aniversario del Motín de Arequito, ocurrido el 8 de enero de 1820. Un hecho decisivo, deliberadamente relegado, cuya onda expansiva alcanzó de lleno a la provincia de San Luis, tanto en el plano político como en el militar, y que marcó el inicio efectivo de su autonomía.

Una pregunta incómoda

¿Por qué Arequito no ocupa el lugar que merece en la memoria colectiva?
Porque fue una desobediencia consciente. Porque cuestionó el proyecto centralista porteño en su núcleo. Y porque puso en primer plano una verdad que incomodaba —y aún incomoda— a los relatos dominantes: las armas de la Patria no debían usarse contra el propio pueblo.

Dos proyectos de país, un choque inevitable

En 1820 colisionaban dos proyectos irreconciliables.
Por un lado, el del Directorio porteño, centralista, unitario, elitista, que en 1819 había impuesto una Constitución unitaria y exploraba incluso la posibilidad de instaurar una monarquía con un príncipe europeo.
Por el otro, el proyecto federal, republicano y popular, encarnado por el artiguismo y sostenido por las provincias del Interior, que reclamaban autonomía real y respeto por sus pueblos.

Cuando las fuerzas federales de Estanislao López y Francisco “Pancho” Ramírez avanzaron sobre Buenos Aires, la elite dirigente entró en pánico. Primero intentó involucrar a José de San Martín, que ya había liberado Chile y preparaba la expedición al Perú. La respuesta fue categórica y fundacional:

“Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas, como éstas no sean en contra de los españoles y su dependencia”.

San Martín no sólo se negó: marcó un límite ético y político. No combatiría al federalismo ni desviaría un ejército continental —formado con el esfuerzo del pueblo cuyano— para resolver una interna porteña. Esa negativa le costó persecución, acusaciones y destierro. San Martín nunca volvió en vida a su patria.

San Luis y el Ejército de la Patria: una aclaración necesaria

Aquí es clave introducir una precisión histórica que suele ser omitida o simplificada.
Es cierto que no se registran oficiales puntanos encabezando el Motín de Arequito, pero no es cierto que San Luis haya estado ausente del entramado militar que hizo posible ese acontecimiento.

La provincia de San Luis fue un espacio central de reclutamiento, apoyo logístico y concentración de tropas para el Ejército de los Andes. Desde el campamento de Las Chacras, numerosos hombres puntanos se incorporaron a la causa independentista y marcharon hacia el campamento de El Plumerillo, donde se organizó el ejército que liberó Chile y luego Perú. Miles de sanluiseños integraron esas filas, aportando cuerpos, caballos, armas, alimentos y trabajo.

Ese ejército no era “porteño”: era popular y regional, integrado mayoritariamente por hombres del Interior. La cultura militar forjada en ese proceso —la de luchar contra imperios, no contra compatriotas— es la misma que, en otro frente, alimentó la decisión del Ejército del Norte de no derramar sangre argentina en guerras civiles.

Arequito no fue un rayo en cielo despejado: fue la consecuencia lógica de un ejército formado con pueblos que no aceptaban ser utilizados como fuerza de ocupación interna.

Arequito: la rebelión ética

Descartado San Martín, el Director Supremo José Rondeau recurrió al Ejército Auxiliar del Perú (Ejército del Norte). Belgrano, enfermo pero lúcido, tampoco quiso involucrarse. El mando efectivo recayó en Francisco Fernández de la Cruz.
Pero al pasar por la Posta de Arequito, ocurrió lo inesperado.

La mayor parte del Ejército se sublevó. Juan Bautista Bustos, cordobés, formado junto a San Martín y admirador de Belgrano y Artigas, encabezó el motín con el apoyo de José María Paz y Alejandro Heredia. No fue indisciplina: fue una decisión política y moral.

Bustos lo dejó por escrito en su carta al gobernador santafesino Estanislao López, fechada el 12 de enero de 1820:

“He realizado mi proyecto de impedir la invasión contra la provincia de su mando… puede V.S. reputarme por un amigo, que no desea otra cosa que la felicidad del país, casi arruinado por la guerra civil que debemos terminar de un modo amistoso”.

El derrumbe del poder central

El Ejército del Norte no acudió en auxilio de Rondeau.
El desenlace fue rápido: Batalla de Cepeda (1º de febrero de 1820), derrota porteña, caída del Directorio y disolución del Congreso centralista.
La historiografía liberal llamó a ese proceso “Anarquía del Año XX”. Sin embargo, lejos del caos, lo que se produjo fue una reconfiguración profunda del poder, que dio nacimiento a los Estados provinciales autónomos.

José María Paz, en sus Memorias, fue más honesto: llamó revolución al motín.

San Luis: de subordinación a autonomía

Aquí Arequito se vuelve historia puntana directa.

Hasta 1820, San Luis estaba subordinada a estructuras políticas mayores, particularmente a la Gobernación Intendencia de Cuyo, con sede en Mendoza, y a autoridades designadas por el Directorio.
El vacío de poder abierto tras Arequito y Cepeda aceleró la ruptura de ese orden.

El teniente gobernador Vicente Dupuy, designado por el poder central, quedó sin respaldo político real. En enero de 1820 presentó su renuncia ante el Cabildo de San Luis. Las milicias locales, expresión armada del pueblo puntano, presionaron para poner fin a una autoridad ya sin legitimidad.

El 26 de febrero de 1820, en Cabildo Abierto, San Luis tomó una decisión histórica:

  • Se aceptó la renuncia de Dupuy
  • El Cabildo asumió funciones ejecutivas
  • Se declaró la autonomía política
  • El 1º de marzo fue nombrado el primer gobernador provincial, José Santos Ortiz

San Luis nació como provincia autónoma en ese clima político abierto por Arequito. No por casualidad, sino como consecuencia directa del derrumbe del centralismo.

Memoria, arte y silencios

Que Arequito no sea feriado no es un olvido inocente. El silencio también es una forma de hacer política. Bustos fue relegado por ser demasiado federal, demasiado popular, demasiado incómodo.

La memoria, sin embargo, persiste. El Monumento a la Sublevación Federal, de Augusto Daniel Gallo, erigido en Arequito en 2013, expresa con potencia ese gesto colectivo: no glorifica próceres distantes, sino a hombres comunes, muchos de ellos anónimos, que se atrevieron a decir no.

Epílogo puntano

Para San Luis, Arequito no es una anécdota santafesina ni un conflicto ajeno.
Es el punto de quiebre que permitió su autonomía, la consecuencia política de un ejército popular que se negó a ser instrumento del centralismo.

Tal vez por eso incomoda.
Tal vez por eso no es feriado.
Pero el 8 de enero sigue ahí, recordándonos que la desobediencia, cuando es ética, popular y federal, también funda patria.

Modelos de país

Detrás del Motín de Arequito no sólo se enfrentaban ejércitos: se enfrentaban modelos de país. El proyecto centralista porteño —que terminaría imponiéndose a lo largo del siglo XIX— concebía a la Argentina como una nación organizada desde un único centro de poder político, financiero y aduanero. Buenos Aires concentraba la renta del comercio exterior, administraba los ingresos de la Aduana y subordinaba al resto de las provincias a una lógica extractiva: materias primas hacia el puerto, manufacturas importadas hacia el Interior. Ese esquema fue sostenido y consolidado por la oligarquía terrateniente ganadera, asociada al mercado mundial y beneficiaria directa de la concentración de la riqueza y del poder estatal.

El federalismo que defendían las provincias del Interior proponía otra cosa. No se trataba de una mera disputa administrativa, sino de una visión alternativa de desarrollo: un país descentralizado, con provincias autónomas, capaces de administrar sus recursos, fomentar sus propias economías regionales y articularse en igualdad de condiciones. En ese proyecto, regiones como Cuyo —y San Luis en particular— no quedaban reducidas a periferias subordinadas, sino que podían proyectar producción agrícola diversificada, manufacturas locales, circuitos comerciales internos e incluso desarrollos industriales propios, de acuerdo a sus condiciones geográficas y sociales.

La derrota histórica de ese federalismo temprano no fue sólo militar o política: fue económica y cultural. El triunfo del centralismo consolidó un país desequilibrado, con un centro poderoso y periferias dependientes, cuyas consecuencias estructurales aún persisten. Arequito, en ese sentido, no fue un episodio menor ni una anécdota romántica: fue una oportunidad histórica para otro modelo de nación. Que haya sido silenciado no es casual. Recordarlo hoy, desde San Luis, es también volver a interrogar el país que pudo haber sido y el que todavía está en disputa.

Fuentes y textos de referencia

  • Bustos, Juan Bautista. Carta a Estanislao López, 12 de enero de 1820.
  • Paz, José María. Memorias póstumas.
  • Aráoz de Lamadrid, Gregorio. Memorias.
  • Tedeschi, Sonia Rosa. Investigaciones sobre el Motín de Arequito y federalismo temprano.
  • Halperin Donghi, Tulio. Revolución y guerra.
  • Chiaramonte, José Carlos. Nación y Estado en Iberoamérica.
  • Documentación del Cabildo de San Luis, febrero–marzo de 1820.
  • Estudios históricos sobre el campamento de Las Chacras (San Luis) y el Plumerillo (Mendoza) en la conformación del Ejército de los Andes.
  • Monumento a la Sublevación Federal, Augusto Daniel Gallo (2013).

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