Patagonia en llamas y soberanía en riesgo: el costo real del desfinanciamiento

El ajuste del Estado ya no es una consigna abstracta: se ve y se quema. En el sur argentino, los incendios forestales avanzan mientras los bomberos voluntarios trabajan con recursos mínimos, móviles viejos y falta de combustible. En algunas zonas de la Patagonia, el fuego arrasó más de 20.000 hectáreas en pocas semanas, con brigadas que dependen de colectas y donaciones para sostener operativos básicos. Menos Estado no es eficiencia: es abandono.
Ese vacío no es inocente. Mientras el Estado se retira, crece el interés de capitales extranjeros por comprar y poblar tierras en regiones estratégicas como la Patagonia. Zonas devastadas, despobladas y sin presencia estatal se vuelven más “accesibles”. Incendios, desfinanciamiento y extranjerización no son hechos aislados: forman parte de un mismo mapa donde la soberanía se licúa entre cenizas y escrituras.
La lógica se repite en todo el país. La falta de financiamiento impacta en rutas nacionales destruidas, hospitales municipales sin insumos, guardias colapsadas y profesionales mal pagos. A eso se suma el cierre de fábricas, la caída del empleo formal y economías locales que se apagan. Menos inversión pública no genera libertad: genera parálisis, desigualdad y territorios a la deriva.
En este contexto, el silencio social juega un rol clave. No es solo desinterés: es complicidad pasiva. Cuando el ajuste se normaliza y la destrucción se acepta como costo inevitable, se resigna también la idea de país. El Estado no desaparece solo: se lo deja caer. Y cuando el humo se disipa, lo que queda no siempre vuelve a ser argentino.


