¿Quien no tiene una foto con el Guillermo Isaguirre?
Escribe: Gabriel Pelliza

El Guille no pasó por el mundo: lo habitó. Y lo habitó siempre de la misma manera: para los demás…
Era de esos tipos que no sabían vivir en modo avión. Siempre estaba enchufado a la realidad, a la gente, a las causas, a la charla pendiente, al problema ajeno que hacía propio. No se quedaba quieto porque no le daba el alma para mirar desde afuera. Armaba, desarmaba, discutía, se calentaba, pensaba, volvía a intentar. Intensidad pura. Vida en estado militante.
Tenía esa mezcla hermosa de cabeza y corazón. Intelectual, lector, pensante… pero jamás encerrado en la teoría. Él bajaba todo a la mesa del bar, a la vereda, a la reunión improvisada. Te explicaba, te escuchaba de verdad (no esperando su turno para hablar), y cuando te dabas cuenta, ya te había hecho ver algo que antes no habías pensado. Y después se reía. Siempre se reía. Con esa risa que aflojaba tensiones y te recordaba que, aun en la pelea, había que seguir queriendo la vida.
En un mundo donde el “sálvese quien pueda” avanza, el Guille era trinchera de lo colectivo. Vivía para el otro. Estaba. Siempre estaba. No importaba la hora, el quilombo o el cansancio: si había que organizar algo, él decía presente. Su frase no era un slogan, era un modo de existir:
“Escuchame, organicemos algo…”
Porque para él, la esperanza no era un sentimiento: era una tarea.
Peronista hasta los huesos. De los que no militan por moda ni por bronca, sino por amor. Defendía sus convicciones con argumentos, con pasión y con coraje. Perón, Néstor… pero sobre todo Cristina y Evita. Las defendía como se defiende a la familia, porque para él la política era eso, una forma de cuidar a los nuestros. Y si había que plantarse ante quien fuera, se plantaba. Sin especular. Sin tibiezas.
Era compañero en el sentido más profundo de la palabra. De esos que no te sueltan cuando todo se pone difícil. De los que se enojan, sí, putean, discuten… pero nunca dejan de estar. Su lealtad no era silenciosa, era activa, ruidosa, comprometida.
Y como todo tipo grande, también tenía su pasión futbolera: hincha del rojo, con ese orgullo que se lleva como bandera, incluso en los peores momentos. Porque así era él… bancar, resistir, creer que se puede dar vuelta.
El Guille fue único. Irremplazable. No porque nadie pueda hacer cosas buenas, sino porque nadie las va a hacer exactamente como él, con esa mezcla de lucidez, ternura, ironía, fuego sagrado y abrazo siempre listo.
Hoy duele su ausencia, y va a doler… Pero también queda algo inmenso: su manera de estar en el mundo. Cada vez que alguien escuche de verdad a otro, que se organice para ayudar, que defienda una causa justa sin miedo, que se ría en medio del quilombo… ahí va a estar un poco el Guille.
Porque hay personas que no se van del todo.
Se vuelven forma de hacer las cosas.
Se vuelven ejemplo.
Se vuelven bandera.
Y el Guille, compañero, es de esos.
HLVS.



