Taty Almeida, presente

La muerte de Taty Almeida marca la despedida de una de las figuras más emblemáticas de la lucha por los derechos humanos en la Argentina. Nacida como Lidia Stella Mercedes Miy Uranga en 1930, maestra de profesión y madre de tres hijos, transformó su vida para siempre tras la desaparición de su hijo Alejandro Almeida en junio de 1975, secuestrado por la organización parapolicial Triple A. Desde entonces dedicó más de cinco décadas a reclamar memoria, verdad y justicia.
Integrante histórica de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty se convirtió en una referencia moral para varias generaciones de argentinos. Participó de innumerables movilizaciones, denuncias y actividades educativas, defendiendo el juzgamiento de los responsables del terrorismo de Estado y sosteniendo hasta sus últimos días que la democracia sólo puede fortalecerse sobre la base de la memoria y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
Su figura resulta fundamental para comprender la Argentina contemporánea. Junto a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, contribuyó a instalar en la sociedad la necesidad de conocer la verdad sobre los crímenes de la dictadura, recuperar la identidad de los nietos apropiados y consolidar una cultura democrática basada en el «Nunca Más». Su legado excede cualquier partido político y forma parte del patrimonio ético de la Nación.
En los últimos años, Taty mantuvo una posición crítica frente al gobierno de Javier Milei, al que cuestionó por sus planteos sobre la memoria histórica y por lo que consideraba una visión negacionista del terrorismo de Estado. Hasta sus últimas apariciones públicas insistió en que la defensa de los derechos humanos debía seguir siendo una política central de la democracia argentina. Con su partida, queda su ejemplo de perseverancia y una frase que resume toda una vida de lucha: «La única lucha que se pierde es la que se abandona».



