La banalidad del mal

“La triste verdad es que la mayor parte del mal lo hacen personas que nunca deciden ser buenas o malas”
Hannah Arendt
Muchos se preguntan desconcertados porqué razón o sinrazón asistimos -y sorprendentemente no tan azorados- a la maldad manifiesta; en gobernantes, políticos, agrupaciones, sindicatos, organizaciones sociales, medios de comunicación, pero especialmente en ciudadanos comunes. Maldad en las palabras, acciones, discursos, noticias, abandono, crímenes, odio e indiferencia con las personas. Y decimos no tan azorados porque muchos lo consideran parte de “la normalidad”.
Otros, se preguntan cómo es que descarnadamente se desprecia, abandona, maltrata y mata a la vejez; cómo es que se quitan derechos, condiciones laborales y seguridad social a trabajadores, jubilados, jóvenes, enfermos y discapacitados; y cómo impunemente se entrega al extranjero la soberanía en ríos, glaciares, tierra y recursos naturales.
Y nosotros, ¿nos preguntamos por qué nuestros legisladores y nosotros mismos no reaccionamos frente a la inflación oculta, al aumento vergonzoso y sin regulación de los servicios, de la comida, el desempleo y la pobreza? ¿Nos preguntamos por qué dejamos que un grupo de gobernantes conjurados con el Poder del Dinero mientan descaradamente atropellando a las Instituciones legislativas, usufructuando el Derecho, comprando y vendiendo apoyo y cargos para la sanción de Leyes en propio beneficio?
Lo más grave, es la omisión social. Sabemos que los Grupos de Poder son los que gobiernan, y tienen responsabilidad en esto. Pero de ninguna manera le quitan responsabilidad a la sociedad, a las Instituciones y al ciudadano común. Y una omisión, un no comprometerse, no es por abulia, resignación, desesperanza o incapacidad. Tampoco por una cuestión de política, ideología y creencia. Va más allá, dejando con desidia que unos pocos decidan por muchos. Seguimos creyendo ingenuamente que todo cambiará con lo mismo y los mismos, confiando en los que se dicen salvadores, conductores… o que tal vez la legalidad, los períodos electorales de dos y cuatro años nos darían esa posibilidad de cambio. Pero cualquier cambio que no venga del corazón, a nivel personal y comunitario, no vendrá para la sociedad. Sin corazón, no hay solidaridad ni Justicia.
Esto último, justamente es la encerrona. El mismo sistema político, el mismo sistema de representación de esta Democracia Indirecta, el mismo sistema electoral, el mismo conjunto de leyes débiles que no respeta ni el Gobierno ni el Poder Judicial, encubriendo delitos con amañado legalismo, criminalizando la Verdad.
Los jóvenes, y gran parte de la clase media con capacidad de decidir y elegir- a excepción de los jubilados al límite entre la vida y la muerte, o las personas con sensibilidad social-, son una mayoría sin reflexión; sin pensamiento crítico ni empatía por el sufrimiento de los demás, encerrada en el laberinto individualista de la inmediatez, narcotizada por el placer de las Redes -sexo, mentiras y videos- unos, y la insegura seguridad otros, incapaces de ponerse en el lugar del Otro.
Se acepta cómplice y pasivamente vivir una realidad virtual, paralela, haciendo suyas la desinformación y la mentira de chivos expiatorios, culpables de la crisis -llámense planeros, socialistas, terroristas, casta, PBI completo, cabeza de termo, y otros epítetos deshumanizantes- y lo más grave, viralizándolo para un dañino y efímero protagonismo. Se vuelven instrumentos del Sistema, indiferentes a la inmoralidad de sus actos, y en esto reside precisamente lo banal, lo trivial de la maldad; la propia y ajena.
Esta viralización emocional, sin argumentos serios ni ideas propias, con repeticiones de frases hechas, odio o violencia hipócritamente encubiertos y frívolamente manifiestos, de pseudo conocimiento e ignorancia, genera adhesiones sin cuestionar las consecuencias de los actos, porque no obliga a pensar ni a comprometerse, sólo libera la emoción. Y si es anónimo, mejor, como los Trolls del Gobierno. Hay una responsabilidad no exenta de culpa, porque las personas nunca perdemos la capacidad de juzgar el bien del mal, y somos responsables de esas acciones. Pasamos de largo al Prójimo abandonado.
“No aceptemos como Verdad, nada que carezca de Amor. Y no aceptemos como Amor, nada que carezca de Verdad. El uno sin el otro se convierte en una mentira destructora”.
Edith Stein
La banalidad del mal, es un concepto de la Filósofa Hannah Arendt, quien sostiene que, desde funcionarios gubernamentales, y desde ciudadanos comunes adhiriendo a un sistema de perversión, se ve y se trata a las personas como cosas, sólo un número. Destruyen la condición humana reduciéndola a un dato económico prescindible. El mal se vuelve “banal”, sin culpa, justificado en una peligrosa normalidad. Y el mal a gran escala, no requiere de personas violentas, delincuentes, ladrones o asesinos; es suficiente con ciudadanos corrientes que dejan de pensar y se integran acríticamente a un sistema injusto. No aceptan ser conscientes de su inmoralidad. No obstante, hay gente solidaria que silenciosamente lucha y trabaja por un mundo mejor.



