Deportes

Don Pascual: Inglaterra enfrente… y la memoria en la tribuna

Mire, yo ya peino más canas que un árbitro retirado y aprendí una cosa: cuando enfrente está Inglaterra, para los argentinos nunca es un partido más. No importa si es un Mundial, un amistoso o un torneo de bolitas. Hay una historia que pesa. Aparece Malvinas, aparecen los pibes que no volvieron, aparece Maradona levantando el puño al cielo con la «Mano de Dios» y cinco minutos después haciendo el gol más hermoso de la historia. Todo eso vive en la memoria colectiva. El fútbol, nos guste o no, terminó siendo uno de los lugares donde un pueblo expresa emociones que vienen de mucho más atrás que noventa minutos.

Pero tampoco hay que confundirse. Los soldados no son los futbolistas. Los ingleses que salen a la cancha no son responsables de una guerra, como tampoco Messi, Julián o el Dibu tienen que cargar sobre los hombros la historia de un conflicto político. Una cosa es la memoria y otra muy distinta es el odio. La rivalidad existe, es enorme, y sería absurdo negarla. Pero también sería un error convertir un partido de fútbol en una continuación de una guerra. El deporte tiene que servir para competir, emocionarse y demostrar quién juega mejor, no para alimentar resentimientos.

Eso no significa que los argentinos dejemos de sentirlo distinto. Porque somos un país que vive el fútbol como pocos. Cada Argentina-Inglaterra despierta un sentimiento especial. Se mezclan la identidad nacional, el orgullo, las heridas abiertas y también la alegría de recordar que muchas veces supimos levantarnos. Por eso este partido tiene una carga emocional que ninguna otra semifinal tiene. No es solamente llegar a una final: es enfrentar a un rival que ocupa un lugar único en nuestra historia.

Así que el miércoles yo voy a gritar cada pelota como si fuera la última. Voy a sufrir, voy a putear al televisor y seguramente me voy a abrazar con cualquiera si hacemos un gol. Pero cuando termine el partido, gane quien gane, habrá sido eso: un partido de fútbol. La historia política seguirá discutiéndose donde corresponde y la memoria de Malvinas seguirá siendo sagrada para los argentinos. La pelota, en cambio, tiene otra misión: recordarnos que un pueblo también puede expresar su identidad jugando al fútbol. Y en eso, modestamente, nadie nos gana en pasión.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba