La historia de Los Imparables: Harari, la IA y el superpoder que estamos por entregar
Yuval Noah Harari se sentó frente a una cámara de AprendemosJuntos 2030 y durante una hora y diez minutos hizo lo que mejor sabe: contar historias. Pero no cualquier historia. Contó la nuestra. La del Homo sapiens, esa especie rara que, sin ser la más fuerte ni la más rápida, terminó dominando el planeta gracias a un único y extraordinario superpoder: la capacidad de cooperar en grandes grupos a través de ficciones compartidas.
El dinero, los países, las leyes, las religiones, el fútbol. Todo es ficción. Todo es una historia que nos contamos y que, por el solo hecho de creerla juntos, se vuelve real. Un billete no vale nada en sí mismo. Vale porque vos, yo y el almacenero de la esquina acordamos que vale.
De eso trata esta conversación que dura poco más de una hora pero que debería resonar en cada rincón de Argentina, y especialmente acá, en San Luis, donde el horizonte se ve cada vez más nublado.
El video —que ya supera el millón y medio de visualizaciones— no es una conferencia académica al uso. Harari, historiador israelí autor de Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI, conversa con jóvenes de distintas edades y responde preguntas que van desde la guerra hasta la educación, pasando por la crisis ecológica y, por supuesto, la inteligencia artificial.
Pero hay un hilo conductor que lo atraviesa todo: el poder de las historias. Las que contamos para construir, las que nos contamos para dividirnos, y la historia más peligrosa de todas: la que dice que no podemos cambiar las cosas.
Para quienes quieran ver la charla completa, acá está:
Harari insiste en un punto que conviene entender: la inteligencia artificial no es un invento más. No es la imprenta. No es la radio. No es la energía nuclear.
¿Por qué? Por dos razones.
Primero: la IA toma decisiones por sí sola. El cuchillo de sílex no decide si cortar una cebolla o a una persona. La IA sí. Decide qué video recomendarte, qué noticia mostrarte, qué producto ofrecerte. Y cada vez más, decide sobre tu vida sin que intervenga un humano.
Segundo: la IA crea ideas nuevas. La imprenta no escribió el Quijote. La radio no compuso una sinfonía. La IA ya genera textos, imágenes, música y algoritmos que nadie le enseñó explícitamente. Para Harari, estamos tan solo a unos años de vivir en un mundo donde la mayoría de las decisiones, historias y obras culturales no sean creadas por humanos.
«Vamos a dejar de entender el mundo en el que vivimos porque va a estar gobernado por una inteligencia extraña y lleno de cosas que no hemos creado.»
Su advertencia es clara: en 10 o 20 años, si no regulamos su desarrollo, la IA podría controlar las finanzas, la cultura, y hasta inventar monedas o sistemas que ningún humano comprenda. Seríamos como los chimpancés mirando algo que no entienden y que es mucho más poderoso que ellos.
Pero Harari no es apocalíptico. Es, como él mismo se define, realista. Y su realismo lo lleva a preguntarse por lo que realmente somos.
Cuando habla de la educación, tira una bomba de humildad: no sabemos qué enseñar a los jóvenes. Por primera vez en la historia, no tenemos idea de cómo será el mundo en 20 años. Antes sabías que tu hijo iba a ser campesino, así que le enseñabas a arar. Después sabías que iba a trabajar en una fábrica, así que le enseñabas un oficio. Hoy, las profesiones desaparecen antes de que los estudiantes se gradúen.
La habilidad más importante del siglo XXI, dice Harari, no es programar. La IA ya programa mejor que los humanos. La habilidad más importante es la flexibilidad: saber desaprender, saber decir «no lo sé», saber reinventarse una y otra vez.
«La ciencia no empezó con un descubrimiento. Empezó cuando el ser humano reconoció su ignorancia.»
Acá, en Villa Mercedes, mientras Harari habla desde un estudio español, las noticias que nos llegan son otras: la morosidad crece, la industria cae, los despidos en el INTA golpean las economías regionales, la educación pública es desguazada por decreto.
Y sin embargo, la reflexión de Harari calza exactamente. Porque el problema de fondo no es técnico. Es de relato. Como sociedad argentina, y puntana, estamos atrapados en historias que nos dividen, que nos enfrentan, que nos convencen de que no hay alternativa. Y mientras tanto, la IA avanza, el planeta se calienta y las próximas generaciones se preguntan qué van a hacer cuando terminen la escuela.
La pregunta que nos deja Harari es inquietante pero necesaria: ¿vamos a ser los dueños de la historia, o vamos a dejar que otros —humanos o máquinas— la cuenten por nosotros?
«Somos la fuerza más poderosa del planeta. No son los elefantes ni las ballenas ni los leones. Nada nos puede detener si nos equivocamos. Es nuestra responsabilidad impedir que hagamos estupideces.»
Harari no ofrece recetas. No promete un futuro feliz. Pero recuerda algo que a menudo olvidamos: el mundo en el que vivimos lo hicimos nosotros. Los países, las fronteras, el dinero, las leyes, las escuelas. Todo lo inventamos nosotros. Y si algo no funciona, también podemos cambiarlo.
Eso, en estos tiempos, es casi un acto de rebeldía.



