Sobre la ceguera

Hay una ceguera que es espiritual. Una ceguera de la mente y del corazón. Lo terrible es que ve, y no acepta lo que ve. De nada le sirve escuchar, sentir, tocar. Porque es una ceguera que no escucha, que no siente ni toca… a la situación de los Otros, y tampoco a la propia. Es un caminar a tientas, en la negra y ominosa obscuridad. Seguramente se caerá en un pozo, y con otros ciegos también. Y no hay calma ni justificación de los dolores, fracasos y frustraciones cuando se elige la ceguera.
Vive en la ceguera el que acepta como “normal” o indiferente, la violencia, los insultos, las agresiones, los gritos, el engaño, el individualismo, la codicia, el delito, la ley injusta, la coima, el soborno, la extorsión, el robo, la plusvalía…
Vive en la ceguera el adulto que no se hace responsable ni moral, afectiva y legalmente del abandono y cuidado de los menores desamparados, de los jóvenes intoxicados de alcohol, droga, de la violencia, frivolidad y deseos desordenados de las redes sociales, de la adicción al juego y a la frialdad en la delincuencia de la cosificación y muerte de las personas. El adulto que los que tiene a cargo nunca es penado.
Vive en la ceguera el ciudadano que una y otra vez, obsecuente o ingenuamente, cree o apoya las vanas promesas -por nostalgias de tiempos mejores- de los fabricantes de ilusiones políticas, donde sus obras buenas no ocultarán las malas, por más disfrazadas o pretendidamente olvidadas que estén en sus discursos.
Vive en la ceguera el que antepone el odio de creerse de una mejor clase social, despreciando con intolerancia a los pensamientos, ideas y creencias diferentes de los demás, alimentando chivos expiatorios, por tradiciones y resentimientos familiares. El odio es por impotencia, cobardías y fracasos personales, y también por dar oídos a lo que piensan otros. Matan su espíritu crítico y libertad, esclavizando la propia razón.
Vive en la ceguera aquel cuya vida está pendiente de la narcotizante y aditiva linterna mágica de su celular, de un desesperado protagonismo del “gustar” virtual y del reconocimiento masivo que la mayoría de las veces es pequeño o inexistente, como aquel que muere solo, pero con multitud de amigos virtuales ausentes ese día. Amigos que no son de verdad.
Viven en la ceguera los gobernantes, jueces y legisladores responsables del bienestar, la salud, seguridad y economía de los argentinos, y que no cumplen con los mandatos básicos de humanidad establecidos por Ley, pero que nunca van a prisión ni devuelven lo ajeno.
Entonces… ¿de qué sirve gobernar si no se tiene amor? ¿Si no se quiere a la gente? ¿Qué sentido tienen el periodismo, las redes sociales, los gritos, las denuncias, los discursos, si no hay verdad ni amor? ¿Si también están llenos de rencor en lugar de creatividad y razón? ¿De qué sirven las leyes sin Justicia y bienestar? ¿para qué reclamar solidaridad sin la valentía de hablar, de hacer? ¿Para qué la Política y la oración si se ignora al prójimo sufriente?
Vivir en la ceguera es no existir. No ser nada. Es no estar con los que aman, con los que luchan en la plaza, con los que rezan con sus obras, los que no aceptan la mentira de los medios ni la frivolidad de las redes sociales, los que no son indiferentes a las injusticias de leyes injustas ni se resignan a aceptar mentirosos e inmorales; es no estar con los que creen que es posible construir una sociedad mejor con todos y para todos.
“Si no tengo amor, soy un metal ruidoso y un címbalo que resuena”
1 Corintios 13



