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La piscina climatizada y el Porsche: el cuento del tío que le cobra a los pobres y perdona a los ricos

Escribe Pablo Muract

El argumento de las piscinas climatizadas para eliminar subsidios al gas es una cortina de humo. Lo que el gobierno de Milei no quiere que discutamos es quién paga qué y quién no.

Hay un truco retórico tan viejo como la política misma: cuando no querés debatir lo que importa, fabricás una imagen que irrite. Una imagen vívida, casi obscena, que haga que la gente se enoje con el destinatario equivocado. En el debate sobre los subsidios por Zona Fría que hoy sacude al Congreso argentino, esa imagen es una pileta de natación calefaccionada.

«Los hogares más pobres del norte del país están pagando la climatización de una pileta en Córdoba, es absolutamente injusto», lanzó el diputado mendocino Celso Nieri por Radio Mitre. Su par cordobesa Laura Rodríguez Machado, de La Libertad Avanza, fue igual de contundente en la comisión de Energía: «la mitad más pobre le está pagando a los que tienen pileta climatizada». El argumento se repite como un mantra: los ricos nadan en agua caliente con plata de los pobres.

Es una imagen poderosa. El problema es que es casi completamente falsa. Y detrás de esa falsedad se esconde el verdadero debate que este gobierno no quiere dar.

La pileta que no existe

Preguntémoslo en serio: ¿cuántas piletas privadas y calefaccionadas hay en las zonas incorporadas al régimen de Zona Fría por la ley 27.637 de 2021? La respuesta honesta es: muy pocas. Construir una piscina en Argentina cuesta, según datos de 2026, entre USD 15.000 y más de USD 80.000 según el tipo y dimensiones. Agregar un sistema de calefacción a gas implica una inversión adicional de entre 4 y 4,5 millones de pesos solo en la caldera, más el costo de operación: entre 3 y 4 metros cúbicos de gas natural por hora de funcionamiento. Eso no es un gasto de clase media: es el patrimonio de una familia entera.

El propio diputado Germán Martínez, jefe del bloque de Unión por la Patria, respondió la andanada con una frase que merece repetirse: «Escuchaba a la diputada hablar de las piletas climatizadas. No sé de dónde las sacan. Es tan irrisorio como hablar de las cascadas».

No es un detalle menor. La ley que se quiere derogar —la 27.637— beneficia a 3.365.230 usuarios residenciales de gas en todo el país. De ellos, más de 1.718.000 reciben un descuento del 50% sobre su tarifa. Son familias de clase media, jubilados, trabajadores de zonas con inviernos rigurosos. La imagen de la piscina climatizada representa, en el mejor de los casos, una fracción infinitesimal de ese universo. Estadísticamente, es ruido. Políticamente, es una bomba de humo.

La burocracia que cuesta más que el subsidio

Pero aceptemos, por un momento, la premisa oficialista: que existe un porcentaje —menor, pero existente— de usuarios que reciben el subsidio sin necesitarlo. La pregunta correcta, la que los libertarios evitan cuidadosamente, es la siguiente: ¿cuánto cuesta detectarlos y excluirlos?

Para responderla, basta mirar lo que el propio gobierno construyó. El nuevo sistema de Subsidios Energéticos Focalizados (SEF), creado por decreto en enero de 2026, exige que cada hogar que quiera conservar el subsidio se inscriba en el Registro de Subsidios Energéticos Focalizados (ReSEF), presentando una declaración jurada con ingresos del grupo conviviente, fuentes de suministro energético, número de medidor, número de cliente, DNI y situación patrimonial. Quienes no tengan acceso digital pueden hacerlo presencialmente ante oficinas de ANSES. Todo esto debe mantenerse actualizado.

No es un trámite trivial. Es una estructura burocrática nueva, montada sobre las cenizas de tres sistemas anteriores (la segmentación por niveles N1/N2/N3, el Programa Hogar y la Tarifa Social de Gas), que ahora reemplaza a todos con un registro único que hay que alimentar y verificar permanentemente. El Estado debe cruzar datos de AFIP, ANSES, RENABAP y INDEC para determinar quién califica. Debe procesar decenas de declaraciones juradas falsas —porque los hay, en todo sistema—, resolver impugnaciones, actualizar parámetros según la inflación, y mantener ventanillas presenciales para los millones de argentinos que no saben usar una computadora.

¿Alguien calculó cuánto cuesta todo eso? El Banco Interamericano de Desarrollo ya advirtió, en un informe que circula hace años en los pasillos de la Secretaría de Energía, que Argentina tiene ineficiencias potenciales en transferencias y subsidios equivalentes al 7,2% del PBI, y que el «error de focalización» —la parte de los fondos que no llega a los pobres por fallos del sistema— es uno de los principales factores de ese despilfarro. En otras palabras: cuanto más complejo el sistema de «control de merecer», más se pierde en el camino.

La economía del bienestar tiene un nombre para este fenómeno: el costo administrativo de la focalización. Existe abundante evidencia internacional de que los subsidios universales, en servicios básicos como energía, resultan más eficientes que los focalizados, precisamente porque eliminan la burocracia de verificación, reducen la exclusión por errores administrativos, y evitan el estigma que hace que familias elegibles no soliciten beneficios por vergüenza o desinformación. Si el gobierno quisiera honestamente que «los subsidios lleguen a quien los necesita», la solución más eficaz no es restringirlos: es universalizarlos y cobrar más impuestos a quienes más tienen.

Cuanto más complejo el sistema de «control de merecer», más se pierde en el camino.

El otro lado de la balanza: lo que sí se hizo

Mientras se debate centavo a centavo quién merece recibir un descuento en la boleta de gas, el gobierno de Javier Milei llevó adelante, en silencio, algunas de las transferencias de riqueza más generosas hacia los sectores de mayores ingresos de las que se tenga registro reciente en el país.

En febrero de 2025, el gobierno suspendió el impuesto interno (vulgarmente llamado «al lujo») para los autos más accesibles y redujo al 18% la alícuota del tramo superior. En febrero de 2026, terminó de eliminarlo por completo, incluido en la Reforma Laboral. El efecto fue inmediato: en abril de este año, las automotrices premium festejaron con rebajas de precios que hablan por sí solas.

El Porsche 911 Turbo S bajó de USD 682.400 a USD 554.000: un ahorro de 128.000 dólares para quien puede comprarlo. El Mercedes-Benz AMG GLE 53 Coupé pasó de USD 240.000 a USD 179.900: una rebaja del 25%. El BMW X4 xDrive30i cayó un 19%, de USD 106.900 a USD 86.100. El Audi Q6 e-tron Performance se redujo de USD 154.600 a USD 128.200. Porsche aplicó recortes en toda su gama argentina: los Macan y Cayenne bajaron un 15%, los Panamera y Taycan un 18%, toda la línea 911 un 19%.

Alguien que compra un Porsche 911 Turbo S —un auto que cuesta, hoy, más de medio millón de dólares— se ahorró, gracias a la política tributaria de Milei, el equivalente a 128.000 dólares. Eso es, calculado al tipo de cambio oficial, alrededor de 120 millones de pesos. Eso es, para ponerlo en perspectiva, el equivalente a décadas de subsidio al gas de una familia de clase media en una zona fría.

El mismo gobierno que alerta sobre el abuso de los subsidios por parte de los «ricos» que calientan sus piletas, acaba de ahorrarle más de cien mil dólares al comprador de un Porsche.

¿Alguien en el oficialismo habló de las «piscinas climatizadas» al defender esa medida? No. Nadie habló de piletas. Se habló de «modernización del mercado automotriz», de «reducir el costo argentino», de «atraer inversiones». El mismo gobierno que alerta sobre el abuso de los subsidios por parte de los «ricos» que calientan sus piletas, acaba de ahorrarle más de cien mil dólares al comprador de un Porsche.

A esto súmese la reducción de Bienes Personales —la alícuota máxima bajó del 1,5% al 0,25%, con posibilidad de pagar cinco años por adelantado con una alícuota preferencial—, la no prórroga del Impuesto PAIS, la baja de retenciones al campo, la derogación del Impuesto a la Transferencia de Inmuebles, la eliminación de aranceles a la importación de tecnología. La lista de beneficios fiscales a los sectores de ingresos altos es larga y costosa. Ninguno de estos beneficios viene acompañado de un registro, una declaración jurada, ni una ventanilla de ANSES donde demostrar que uno «lo merece».

San Luis en el centro de la tormenta

A unos 1.000 kilómetros del Congreso donde se debate todo esto, los sanluiseños estamos atentos. Y tenemos razones concretas para estarlo.

La reforma que impulsa La Libertad Avanza dejará afuera del régimen a los 8 departamentos de San Luis que habían sido incorporados en 2021 a través de la Ley 27.637. Es decir, casi toda la provincia.

Laura Giumelli, titular de la Comisión Reguladora Provincial de la Energía Eléctrica (CREE), tomó el toro por las astas y envió una carta formal a los ocho legisladores nacionales sanluiseños —los diputados Ernesto Alí, Carlos Almena, Claudio Álvarez, Mónica Becerra y Jorge Fernández, y los senadores Bartolomé Abdala, Ivanna Arrascaeta y Fernando Salino— alertando sobre las consecuencias de aprobar el proyecto. Los números que cita son elocuentes: los usuarios residenciales afectados podrían ver aumentos en sus facturas de gas de entre 10.000 y 40.000 pesos mensuales antes de impuestos, en pleno invierno.

Laura Giumelli, Presidenta de la Comisión Reguladora Provincial de la Energía Eléctrica de San Luis

El argumento técnico de Giumelli desmonta con precisión el relato oficial: San Luis tiene «zonas bioclimáticas de alta amplitud térmica que registran temperaturas bajísimas, incluso a nivel país». No son zonas tibias que se colaron por lobby político en 2021: son territorios donde el frío es real y donde el gas no es un capricho, sino una necesidad de subsistencia durante los meses de invierno.

La funcionaria va más lejos y toca el nervio del problema estructural que este artículo viene señalando: «La focalización de subsidios es un largo camino que no sólo depende de la situación de vulnerabilidad socioeconómica de quienes los reciben, también del lugar que habitan y de los energéticos que disponen como opciones para cubrir sus necesidades calóricas». En otras palabras: si le quitan el gas subsidiado a una familia de Merlo o de Justo Daract que no tiene alternativa energética disponible, esa familia no va a calentarse menos. Va a pagar más. O va a pasar frío.

El gobierno provincial también advirtió sobre otro efecto no deseado pero predecible: si los usuarios no pueden pagar el gas de red, migrarán masivamente hacia la garrafa —el GLP—, cuyo precio es más volátil y más caro, y cuya distribución es más desigual. O se volcarán a la electricidad, presionando una infraestructura que la Provincia viene desarrollando, según Giumelli, «sin ayuda nacional».

La situación evidencia otra contradicción en la gestión de Claudio Poggi, de quien depende Giumelli. El gobernador de San Luis sigue subordinado a los desmanejos del presidente anarco libertario, con una adhesión política cada vez más evidente y más inexplicable por lo dañosa y generadora de malestar. Más temprano que tarde la sociedad de San Luis va a reclamar explicaciones o directamente va a hacer tronar el escarmiento.

¿Y los legisladores? La composición de la delegación sanluiseña en el Congreso es un mapa de lealtades que el debate sobre la Zona Fría pone a prueba. Los senadores Abdala y Arrascaeta son de La Libertad Avanza —el partido que impulsa el recorte—, mientras que el senador Salino viene del peronismo. En Diputados, el bloque de Innovación Federal —el espacio político del gobernador Claudio Poggi, aliado como dijimos del gobierno nacional— recibió la carta de Giumelli y, según fuentes consultadas por Ámbito Financiero, sus parlamentarios votarían en contra de la modificación. Es una señal de alarma para el oficialismo: incluso sus propios aliados provinciales reconocen que este recorte le hace daño a la gente.

Dos datos de coyuntura, pero que aportan al análisis: el esposo (y mentor en términos políticos) de la senadora Arrascaeta es el empresario del sector salud Rodolfo Negri. Negri empieza a dejar trascender que se postulará para gobernador de San Luis en la contienda electoral de 2027. En la otra cámara legislativa, la Diputada Becerra -que hasta hace meses era ministra del gabinete de Claudio Poggi- firmó y defendió el dictamen de comisión de la eliminación de San Luis zona fría. Y fue fotografiada sonriente, lo que le valió el repudio de gran parte de la sociedad que dice o pretende representar. Calle Angosta se ocupó de este episodio en este artículo (clic aquí) titulado «Una mercedina contra los mercedinos: el cinismo del poder» (clic aquí).

El dato no es menor en términos políticos: Innovación Federal firmó el dictamen de mayoría que habilitó el proyecto, pero el voto en el recinto es otra cosa. San Luis, como Córdoba, es una de esas provincias del centro del país que quedaría sin los beneficios de la Zona Fría y tampoco recibiría compensación por «zona cálida» —ese mecanismo de negociación de último momento con el que el gobierno compró votos de Jujuy, Catamarca, Misiones, Tucumán, Santa Fe y Salta, sin incluir a San Luis en la lista.

Esto merece subrayarse: mientras el gobierno negocia subsidios eléctricos para el verano de las provincias del norte a cambio de votos, San Luis se queda sin subsidios para el invierno sin ninguna compensación. La lógica del intercambio político prima sobre cualquier consideración de justicia territorial o climática.

La verdadera pregunta

El debate sobre la Zona Fría no es un debate técnico sobre bioambiente y mapas de temperatura. Es un debate político sobre quién carga con el costo del Estado y quién se beneficia de él.

La reforma que hoy impulsa La Libertad Avanza eliminaría el subsidio para aproximadamente 1,6 millones de usuarios en todo el país —según datos de la propia Cámara de Diputados—, mientras que alrededor de 1,8 millones continuarían en el nuevo sistema SEF, con un descuento mayor pero condicionado al trámite burocrático descrito. Ese trámite excluirá, inevitablemente, a una parte de los que califican: los que no tengan internet, los que no entiendan el formulario, los que no puedan ir a una oficina de ANSES, los mayores que viven solos, los trabajadores informales que temen que declarar sus ingresos los perjudique en otros trámites.

La diputada Rodríguez Machado, desde Córdoba, argumentó que la ley de 2021 «metió la política» porque incorporó 13 departamentos del sur cordobés —los más ricos— mientras el norte pobre quedó afuera. Es, en abstracto, un argumento válido. Pero la respuesta a una injusticia geográfica no es recortar a los que ya reciben: es ampliar a los que no reciben. La respuesta al subsidio que llega a quien no lo necesita no es restringir: es gravar a quienes no necesitan ser subsidiados.

Si el gobierno estuviera genuinamente preocupado por la justicia distributiva, su política sería exactamente la inversa: universalizar los subsidios a los servicios básicos, abaratar la energía para toda la ciudadanía, y financiar eso con impuestos progresivos a las ganancias extraordinarias, a las herencias, a los bienes suntuarios, a las utilidades bursátiles, a los grandes patrimonios. Que quien compra un Porsche 911 Turbo S pague su impuesto. Que quien cobra dividendos millonarios tribute en consecuencia. Que quien hereda fortunas contribuya a la reproducción del tejido social que hizo posible esa riqueza.

Eso no ocurre. Ocurre exactamente lo contrario: los impuestos a los ricos bajan, y los subsidios a los pobres también.

La pileta climatizada es una mentira pequeña al servicio de una verdad grande que el gobierno prefiere no nombrar. Lo que se está discutiendo no es si los ricos pueden calentar su agua: es quién paga el Estado y quién no. Y la respuesta de Milei, hasta ahora, es inequívoca.

Este artículo se basa en datos de la Cámara de Diputados de la Nación, el Boletín Oficial de la República Argentina, ENARGAS, la Secretaría de Energía, Infobae, La Nación, Ámbito Financiero, El Cronista e informes del BID sobre gasto público.

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